Super campeones Mexicanos

“El fútbol nos une” es el eslogan publicitario de una famosa cervecera, nunca una frase tuvo tanta razón. Breve y sencilla, describe el impacto social de este maravilloso deporte. ¿Quién no jugó una cascarita en hora del recreo, durante  el receso del trabajo o en una hora libre en la escuela? Es justo ahí donde nacen las grandes amistades, el buen compañerismo y el trabajo en equipo, todo esto por una misma causa jugar al fútbol.

Es por eso que les traigo uno de los recuerdos más gratos de mi infancia, la historia de cómo conocí a Carlos Abraham López  (Charles) uno de mis grandes amigos.

Hace 20 años, Saúl Elizondo uno de mis amigos de la infancia llegó buscándome a mi casa, para decirme – ¡Jorge, tengo un amigo que se llama Carlos, te reta y dice que no le atajas un penal!–.

–¡Vaya forma de retar a un admirador de Jorge Campos y  Benji Price! – como si se tratara de un capítulo de los súper campeones, que en aquel entonces  eran transmitidos por televisión y estaban de moda en México.

Sin dudarlo acepte el reto, el encuentro con Carlos fue de inmediato en un lote baldío cercano a mi casa.

Un breve saludo, un par de llantas viejas como portería y Saúl como testigo. Sucedió el encuentro.

Carlos disparó de zurda hacia mi lado izquierdo, justo abajo, pegado al poste.

De inmediato me lancé hacia mi izquierda siguiendo la trayectoria de su disparó. Sin conseguir atajarlo, el balón pegó justo en la llanta. No fue gol.

Recuerdo las palabras de un sorprendido Carlos – ¡Nunca había conocido un portero que se lanzara!–.

El encuentro terminó en empate, es decir; Carlos no anotó el penal, ni yo lo detuve. Poco tiempo después me enteré del plan de Saúl,  previamente al duelo había platicado con Carlos diciendo

“Carlos, tengo un amigo que se llama Jorge, dice que no le anotas gol tirando un penal”.

Así fue como inició una larga y entrañable amistad, con quien he compartido innumerable retas en FIFA, mundiales de fútbol por televisión y cientos de horas platicando de  nuestras memorias futboleras.

Por Jorge González Camacho

 

 

 

 

 

 

 

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